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Marco Prieto (Sr. Gotta): La taxonomía del golpe

Hay artistas que buscan la belleza. Otros persiguen la idea. Marco Prieto trabaja desde el hecho.

En su caso, la pintura se convierte en una forma de investigar algo tan antiguo como incómodo: la violencia.

La conversación con Marco Prieto no tarda en dirigirse hacia ese territorio. No aparece como una provocación ni como un gesto estético superficial. Surge más bien como una preocupación persistente que atraviesa su obra desde el principio. Para el artista, comprender la violencia, aislarla, observarla e incluso descomponerla, es una manera de pensar el mundo contemporáneo.

Pero antes de llegar ahí, la historia comienza mucho antes.

Marco recuerda que la posibilidad de vivir del arte aparece de forma inesperada durante la infancia. Tiene alrededor de seis años cuando su profesora de dibujo, Cari, menciona algo que para muchos niños habría pasado desapercibido: que pintar puede ser una profesión. La idea queda flotando.

La confirmación llega más tarde, casi al final de sus estudios, durante su primera exposición. Una de las obras se vende por 250 euros. La cifra no es importante. Lo importante es la señal.

Ahí pienso: quizá esto sí puede ser mi camino.

A partir de ese momento la pintura deja de ser únicamente una inclinación personal para convertirse en una posibilidad real. La dedicación, sin embargo, ya está presente desde mucho antes. Mientras otros adolescentes ocupan su tiempo en otras distracciones, Marco recuerda pasar horas pintando.

Sus padres, aunque ajenos al mundo del arte, reconocen pronto esa inclinación y la apoyan.

Ese impulso temprano convive con una experiencia biográfica muy concreta. Marco crece en San Cristóbal de los Ángeles, uno de los barrios históricamente más complejos de Madrid. Un lugar donde distintas formas de vida conviven, a veces en tensión, y donde la violencia, en sus múltiples formas, forma parte del paisaje cotidiano.

La experiencia no se limita a lo local. Durante su juventud también presencia el clima político del 15M, un momento en el que, según recuerda, parece que el poder está en disputa y que la sociedad busca nuevas herramientas para confrontarlo.

Todos esos elementos van configurando una sensibilidad.

En algún punto esa experiencia se convierte en el núcleo conceptual de su trabajo. Marco lo formula con claridad: su obsesión es investigar cómo opera la violencia en el mundo.

No le interesa únicamente como acontecimiento político o social. Le interesa como fenómeno.

Me interesa entenderla, atravesarla con la pintura y ver cómo puedo usarla a favor de la cultura y no para su destrucción.

Esa operación implica un desplazamiento interesante. La violencia deja de ser únicamente una consecuencia moral o histórica y pasa a observarse como un hecho. Un gesto. Un golpe.

A partir de ahí surge una de las ideas centrales de su investigación: la taxonomía del golpe.

En sus trabajos más recientes, especialmente en la línea abstracta, el artista analiza el golpe casi como si se tratara de un objeto de estudio. Cada impacto se convierte en una forma, un cuerpo que ocupa espacio y proyecta sombra. La pintura deja de representar la violencia para empezar a examinar su estructura.

El gesto se vuelve materia.

En paralelo, la figuración le permite explorar otra dimensión: cómo esos mismos gestos pueden organizar identidades. Cómo determinados movimientos, posturas o tensiones del cuerpo pueden sugerir agresividad, calma o conflicto.

Entre ambos territorios, abstracción y figuración, se abre un campo de investigación que Prieto intenta mantener deliberadamente abierto.

Uno de los cuadros que comenta durante la conversación se inspira libremente en el Jardín de las Delicias de El Bosco. La escena representa, según explica, una especie de estado de reposo de la violencia.

Cuando la violencia descansa, dice, aparecen otras formas de vivir.

En el cuadro conviven dos posibilidades. Por un lado, una vida basada en la liturgia: asumir las consecuencias de los actos, la responsabilidad, la fe en un orden. Por otro, una especie de “Narnia contemporánea”, un territorio donde la libertad absoluta convive con la ausencia de consecuencias.

El cuadro no resuelve la tensión. La expone.

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Si el núcleo conceptual de su obra es intenso, la construcción de su trayectoria también exige ciertas transformaciones personales. Marco reconoce que una de las decisiones más importantes para posicionarse dentro del sistema artístico es modificar su propia forma de relacionarse.

Durante años se considera una persona tímida e introvertida. Sin embargo, entiende que el arte, al fin y al cabo, también circula a través de relaciones humanas.

Tuve que aprender a estar con la gente de otra manera.

Ese cambio no es artificial. Más bien supone poner en valor una habilidad que ya tiene: la capacidad de gestionar emociones y generar confianza rápidamente en los demás. Con el tiempo esa cualidad se convierte en una herramienta importante dentro de su carrera.

Pero el otro lado del proceso es menos visible.

La construcción de una práctica artística exige también renuncias. Horas largas de trabajo, sacrificio de ciertas dinámicas sociales y una disciplina sostenida. Marco habla con naturalidad de jornadas de diez horas en el estudio y de la necesidad de asumir que la industria no espera.

Actualmente se encuentra en una fase de producción intensa. La demanda de obra crece y el ritmo del estudio se acelera hasta alcanzar, en algunos momentos, una media cercana a diez piezas mensuales.

Lejos de verlo como una carga, lo interpreta como una señal positiva.

Sería incoherente quejarse de tener que pintar mucho.

En paralelo, su trayectoria empieza a consolidarse a través de varios hitos importantes. Uno de los primeros es comenzar a trabajar con la galería Modus Operandi, una galería que admira desde sus años de formación. El encuentro se produce tras ganar una residencia en el concurso Postal Art organizado por PAC, donde presenta un tríptico que llama la atención del equipo de la galería.

Más adelante llega otro episodio decisivo: su exposición en Chicago con la galería Trueborn. La oportunidad surge de forma inesperada. La galerista Sara adquiere una obra suya en Canal Gallery, en Barcelona, y posteriormente le propone realizar una muestra individual en Estados Unidos.

El resultado es contundente: de los veinte asistentes a la inauguración se venden catorce piezas.

A pesar de estos avances, el artista parece moverse con una mezcla de ambición y cautela. Su estrategia hasta ahora consiste en trabajar con la mayor cantidad posible de profesionales serios, consolidando su presencia paso a paso.

Ahora comienza una nueva etapa.

Después de una fase expansiva, especialmente dentro del contexto madrileño, Prieto habla de un momento de estabilización. Su objetivo es ampliar su red de colaboradores, reforzar su presencia institucional y, a medio plazo, aspirar a una exposición importante en un museo cuando su carrera alcance aproximadamente una década de recorrido.

Entre los referentes que menciona durante la conversación aparecen tres figuras que ayudan a entender su posición: Jackson Pollock, Francisco de Goya y Francis Bacon. Tres artistas que, cada uno a su manera, exploran el gesto, la violencia y la tensión entre forma y emoción.

A ellos se suman influencias filosóficas y culturales que van desde Albert Camus hasta Slavoj Žižek o Walter Benjamin.

Pero más allá de las referencias, lo que parece definir su postura es una convicción clara: el trabajo del artista consiste en inventar algo.

Le incomoda profundamente una idea que aparece con frecuencia en el discurso cultural contemporáneo: que “todo está hecho”. Para él, esa afirmación es una forma de renuncia.

El trabajo del artista es crear cosas nuevas.

Esa búsqueda también atraviesa su proceso creativo. Curiosamente, la fase que más le cuesta es la composición. Encontrar el equilibrio de una imagen, decidir la relación entre formas y colores, construir una estructura que funcione.

La parte que más disfruta, en cambio, es la especulación conceptual: imaginar las posibles lecturas de una obra, construir su arquitectura teórica, dejar que la idea crezca.

Cuando la conversación se acerca al futuro, Marco evita hablar de fama o reconocimiento en términos convencionales. La idea de una exposición constante o de una agenda de viajes interminables le resulta más bien inquietante.

Su aspiración es otra.

Dentro de treinta años se imagina trabajando con pocas galerías, quizá una o dos, manteniendo una presencia institucional sólida y dedicando la mayor parte del tiempo a pintar con tranquilidad, tal vez desde una casa de campo.

Pero si tuviera que definir cómo le gustaría que se leyera su obra dentro de varias décadas, la respuesta es más ambiciosa.

Le gustaría que alguien pudiera mirar su trabajo y pensar que ahí ocurre algo singular. Que fue capaz de inventar una forma propia de hacer. Que se atrevió a construir una mirada distinta.

En un momento histórico en el que muchas narrativas tienden a diluir los hechos en discursos abstractos, Marco Prieto quiere hacer lo contrario: volver a lo concreto.

Al golpe.
Al gesto.
Al hecho.

Y desde ahí, intentar entender qué dice todo eso sobre nosotros.

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