« Saisho Magazine

Taher Jaoui: Decodificar la emoción

Hay trayectorias que no comienzan con una decisión clara, sino que se van construyendo a partir de desplazamientos. En el caso de Taher Jaoui, su entrada en el arte no responde a una vocación temprana entendida en términos tradicionales, sino a un proceso más gradual, casi inevitable con el tiempo.

Su formación inicial se sitúa en un ámbito completamente distinto: ingeniería informática y financiera. Durante años, la pintura ocupa un lugar paralelo dentro de su vida, una práctica que aparece en los márgenes del tiempo productivo. Dibujar, pintar, experimentar con materiales formaba parte de su rutina, pero sin una intención profesional definida. “Era algo que hacía en mi tiempo libre, como un juego, un hobby, incluso como una forma de meditación”, explica.

Esa relación empieza a transformarse progresivamente. A medida que su práctica se intensifica, otras posibilidades comienzan a perder sentido. No hay un momento exacto en el que todo cambia, pero sí una certeza que se va consolidando: la pintura deja de ser una actividad secundaria para convertirse en el único espacio posible. “Con el tiempo, el arte se convirtió en el único camino en el que realmente podía verme”, señala.

Hoy, su trabajo se articula desde una intención clara. Más allá de lo formal, su práctica busca generar un impacto directo en quien se enfrenta a la obra. No se trata únicamente de construir imágenes, sino de activar una experiencia. “Mis pinturas están hechas para inspirar, para aportar energía, positividad, una nueva forma de ver las cosas en el día a día”.

En ese sentido, su propia definición de la obra resulta especialmente precisa: “mi trabajo es un decodificador de emociones a través de la materia”. Una formulación que sitúa la pintura no como representación, sino como traducción.

Su trayectoria se ha ido consolidando a partir de decisiones clave que han definido tanto su lenguaje como su posicionamiento. La entrada en Opera Gallery en 2019 marca uno de los primeros momentos de apertura internacional. En paralelo, aparece una serie de elementos que se vuelven centrales en su trabajo: superficies que remiten a la pizarra, ecuaciones, estructuras matemáticas. No funcionan como recursos estéticos, sino como herramientas que le permiten organizar la composición desde una lógica interna.

Otro punto importante llega con su exposición individual en Nueva York, en Guy Hepner Gallery, una muestra que supone un salto en visibilidad y escala. A esto se suma su incorporación a Saisho Gallery en 2020, una relación que ha consolidado su presencia en el circuito internacional y que continuará desarrollándose en los próximos años con nuevos proyectos, entre ellos una exposición individual en 2025.

En la actualidad, su posicionamiento se construye desde un lugar bastante singular. Su práctica se sitúa en el cruce entre dos dimensiones que no siempre conviven de forma natural: la emocional y la analítica. Él mismo lo describe como un estado de tensión constante, una especie de negociación entre ambas. “Trabajo en ese espacio donde la intuición colisiona con la estructura, donde la emoción se somete a sistemas y los sistemas empiezan a romperse”.

Esa tensión se traslada directamente a su proceso de trabajo. No existe una única forma de abordar la pintura. Algunas obras nacen desde la experimentación más directa, casi como un accidente. Otras se desarrollan a través de procesos más estructurados, donde el dibujo, el boceto y la planificación tienen un peso importante. “Cada obra define su propio protocolo”, afirma.

En sus trabajos figurativos o semi-figurativos, la construcción es más evidente. La composición se organiza, se mide, se estructura. En cambio, cuando trabaja desde la abstracción, introduce una lógica distinta, más abierta al gesto y a la velocidad. “En la abstracción intento resistir el control, dejar espacio a la ruptura y a lo inesperado”.

En ese proceso, el error no se percibe como un problema, sino como una parte necesaria del trabajo. No todas las obras funcionan, y no todos los intentos llegan a sostenerse. Pero es precisamente a través de la repetición y la insistencia donde algunas piezas empiezan a adquirir fuerza. “El fracaso está integrado en el proceso”, reconoce.

Sus referencias funcionan de una manera similar. Filosofía, cine, imágenes de archivo, sistemas simbólicos… todo aparece como material que se incorpora, pero no se ilustra directamente. “No son influencias que copie, son energías que absorbo y transformo”, explica. Lo que le interesa no es tanto la forma final, sino lo que hay detrás de ella.

En cuanto a su identidad artística, Jaoui insiste en que no puede separarse de su propia trayectoria. Cada obra es el resultado de un recorrido personal y de una acumulación de experiencias. Las estructuras matemáticas forman parte de su lenguaje, pero no como un sistema cerrado, sino como una guía que le permite moverse dentro de la composición sin perder la intuición.

A esto se suma el uso del carbón, que introduce una dimensión tanto expresiva como estructural. Las líneas no solo construyen la imagen, sino que organizan su ritmo. Del mismo modo, trabajar sobre lienzo sin imprimar mantiene la superficie abierta, más directa, más receptiva a lo que ocurre durante el proceso.

En todo este sistema, el espectador ocupa un lugar central. La obra no se entiende como un objeto cerrado, sino como algo que se activa en la relación con quien la mira. “Para mí, el espectador no está fuera de la pintura, forma parte de ella”, señala. Esa idea transforma la obra en un espacio compartido, donde la percepción se convierte en parte del propio lenguaje.

A nivel de proceso, su trabajo implica una complejidad constante. La combinación de materiales, las capas, las decisiones que se corrigen o se eliminan forman parte de un desarrollo que requiere tiempo. Cada serie puede implicar varias semanas de trabajo intensivo, donde muchas veces la pintura se reinicia sobre la misma superficie hasta alcanzar una cierta coherencia.

Aunque reconoce la importancia de lo técnico, sitúa el peso principal en lo conceptual. El exceso de control puede convertirse en una limitación, mientras que la libertad en el uso de la técnica abre nuevas posibilidades. En ese sentido, la ejecución se convierte en el momento en el que todo se pone a prueba, donde la idea se confronta con la materia.

De cara al futuro, su enfoque evita las expectativas cerradas. Más que definir cómo debe leerse su obra, le interesa que mantenga su capacidad de activación con el paso del tiempo. “No quiero que se convierta en algo fijo o histórico, sino que siga sintiéndose como algo en proceso”, comenta.

A largo plazo, su aspiración se sitúa en la posibilidad de construir un espacio donde lo emocional y lo intelectual puedan convivir dentro de la pintura. No como elementos opuestos, sino como fuerzas que se complementan y generan nuevas formas de expresión.

Porque, en el fondo, su trabajo no busca ofrecer respuestas definitivas, sino abrir un campo donde las preguntas puedan seguir activas.

¿Quieres invertir en arte?

En Saisho te asesoramos

Saber más
Leave a Reply