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Saisho | Entrevista con Alejandro Pantín

En un momento en que la experiencia cultural parece desplazarse hacia la inmediatez digital y la desmaterialización constante, la obra de Alejandro Pantín propone un gesto inverso: volver al objeto físico, rescatarlo del descarte y devolverle una presencia tangible. Su práctica, centrada en la intervención escultórica de libros obsoletos, no se limita a una exploración formal; constituye una investigación sostenida sobre la memoria, el valor y la permanencia.

Aunque hoy su trabajo se inscribe plenamente en el ámbito artístico, su formación inicial fue técnica. Tras comenzar estudios en ingeniería, comprendió que su sensibilidad encontraba mayor afinidad en la arquitectura. Para Pantín, arquitectura y arte comparten un territorio común: la proporción, la estructura, la capacidad de generar emoción a través de la forma. Sin embargo, algo quedaba pendiente.

Necesitaba terminar algo con mis propias manos”, explica. Ese impulso manual, casi primario, dio origen a un proyecto que comenzó como un ejercicio paralelo y que, con el tiempo, terminaría definiendo su carrera.

La intervención de libros viejos surgió inicialmente como un hobby. A través del ensayo y error fue desarrollando una técnica propia, hasta que una primera pieza despertó el interés de su entorno más cercano. La validación temprana —incluido el reconocimiento de un artista que le propuso intercambiar obras— consolidó la intuición de que aquel lenguaje tenía potencial. Poco después, una obra generó una inesperada viralización en redes sociales, acompañada de solicitudes de compra. Aquello transformó una experimentación privada en una posibilidad profesional real.

El verdadero punto de inflexión llegó con su selección en el Premio Reina Sofía, en la Casa de Vacas, compitiendo entre más de seiscientos artistas. Aquella visibilidad institucional no solo le otorgó reconocimiento, sino también una confirmación externa de la solidez de su investigación. Tras ese hito, presentó su primera exposición individual, Leer entre líneas, comisariada por Inés Alonso Jarao, que se saldó con la venta íntegra de las obras el día de la inauguración. Desde 2023, Pantín se dedica exclusivamente al arte.

El núcleo conceptual de su práctica reside en la recolección de libros descartados. No trabaja con ejemplares valiosos ni piezas raras, sino con aquellos volúmenes que han perdido su función, libros que ni siquiera pueden reciclarse. En ese gesto de rescate hay una dimensión ética y simbólica. “Me interesa ese momento en que el objeto deja de ser útil, pero sigue teniendo historia”, señala. Para el artista, el libro físico posee una cualidad casi mística: ha pasado por manos, por espacios domésticos, por contextos vitales distintos. Contiene una memoria latente.

En su proceso, el libro no es un mero soporte. Existe una suerte de colaboración implícita entre material y creador. Pantín diseña la estructura, pero permite que los colores, las texturas y el desgaste del papel determinen la superficie final de la obra. “Yo diseño la pieza, pero el libro la pinta”, afirma. Esta transferencia parcial de control introduce una tensión entre planificación y contingencia, entre cálculo arquitectónico y azar matérico. El resultado son esculturas que reconfiguran el libro como volumen, relieve y ritmo, sin borrar del todo su identidad original.

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Su trabajo se sitúa en un territorio de fricción contemporánea: la confrontación entre la velocidad digital y la permanencia del objeto físico. En un contexto dominado por el consumo acelerado de información, el libro exige tiempo, concentración, pausa. Las piezas de Pantín, al intervenir este objeto cargado de simbolismo, activan un debate sobre su vigencia. No es extraño que su obra genere polémica en redes sociales; la intervención sobre libros puede resultar incómoda. Sin embargo, esa incomodidad forma parte del proyecto: provocar una reflexión sobre cómo valoramos el conocimiento y qué lugar otorgamos a lo material en una cultura cada vez más virtual.

El proceso de producción refuerza esta dimensión reflexiva. Lejos de la lógica industrial, su práctica es deliberadamente lenta. Existe una fase de diseño digital minuciosa, donde se define la estructura de cada pieza, pero la ejecución es manual, intensa y físicamente exigente. Una obra de formato medio puede requerir entre dos semanas y un mes; una pieza de gran escala puede extenderse hasta dos meses. Pantín trabaja simultáneamente en piezas de menor formato, pero mantiene un ritmo que prioriza la calidad y la coherencia conceptual sobre la rapidez.

Entre sus referentes reconoce la influencia emocional de Jaume Plensa, especialmente en la búsqueda de introspección y monumentalidad poética, así como la disciplina material de James Mattison, cuyo tratamiento técnico admira profundamente. Ambas influencias dialogan con su propia práctica: una combinación de estructura rigurosa y sensibilidad espiritual.

A pesar de su trayectoria relativamente reciente, Pantín ha construido un lenguaje reconocible y un sello propio. Su objetivo a diez años es consolidarse como artista de media carrera, con presencia institucional y obra en colecciones museísticas. Más allá del reconocimiento, su ambición responde a una convicción: que el discurso que articula —en torno a la memoria, la obsolescencia y la materialidad— posee la profundidad suficiente para trascender el circuito emergente.

En última instancia, la pregunta que atraviesa su obra permanece abierta: ¿qué es hoy un libro? En manos de Alejandro Pantín, deja de ser únicamente un contenedor de texto para convertirse en materia con historia, en memoria comprimida y, paradójicamente, en una forma de futuro.

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