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Gemma Alpuente: Trabajar con la materia hasta que algo ocurre

La trayectoria de Gemma Alpuente parte de una vocación temprana y bastante clara. Desde pequeña desarrolla una relación muy natural con lo visual, no solo a través del dibujo, sino también en su forma de pensar. “Siempre lo entendía todo desde lo visual”, comenta. Esa inclinación la lleva de forma directa al bachillerato artístico y posteriormente a Bellas Artes, donde empieza a estructurar su práctica.

Sus primeros trabajos ya apuntan hacia una preocupación por lo matérico y lo volumétrico. Una de sus primeras piezas relevantes es una escultura pública de gran formato en la Universidad de Valencia, conectada con dibujos de infancia donde aparecen masas de color saliendo de estructuras. Poco después realiza su primera exposición individual en el museo de Algemesí, trabajando con espuma de poliuretano. Sin embargo, la falta de estabilidad del material en el tiempo le obliga a replantear su práctica.

Es en ese momento cuando se produce un giro. Se aleja del retrato y empieza a trabajar desde un lugar más introspectivo, encontrando en la abstracción una vía más directa para desarrollar su lenguaje. “Era la forma más honesta de sacar lo que tenía dentro”, explica.

El cambio definitivo llega con el uso de resinas industriales. No aparece como una búsqueda artística inicial, sino a partir de una necesidad práctica. A partir de ahí, comienza a experimentar mezclando resinas con pintura y distintos aditivos, hasta conseguir una materia con volumen propio. “Ahí entendí que podía construir desde el material”, señala.

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En su trabajo, el proceso es central. No parte de bocetos previos, sino que desarrolla las piezas directamente en el hacer. “Es una conversación con los materiales”, comenta. La intuición guía el inicio, pero no es el único elemento. En fases posteriores toma distancia, documenta la obra y realiza ajustes que le permiten equilibrar esa parte más impulsiva con decisiones más conscientes.

Al preguntarle por ese equilibrio, insiste en que no hay una separación clara entre intuición y razón. “Van entrando y saliendo todo el rato”. Ese proceso hace que cada obra sea distinta y que el resultado no sea completamente predecible.

La experimentación formal es uno de los aspectos más relevantes de su práctica. Trabaja con procesos abiertos, donde el riesgo es parte del resultado. La mezcla de pintura, resinas y aditivos transforma el comportamiento del material, generando masas que registran el movimiento en su propia superficie. “Es como dejar un testigo del gesto”, explica.

Este componente de imprevisibilidad no se entiende como un problema, sino como una parte activa del proceso. Permite que el material responda, que intervenga. La obra se construye en ese diálogo entre control y azar.

A nivel técnico, las piezas resultantes tienen una gran durabilidad. La resina que utiliza, de origen industrial y procedente de una empresa alemana, genera una materia muy sólida. Sin embargo, son materiales complejos, caros y con un alto nivel de toxicidad durante su manipulación. Por eso, el trabajo en el estudio implica también una parte importante de control y seguridad. Gemma colabora con marcas de EPIs y trabaja con sistemas de protección específicos para poder manejar estos materiales.

Este aspecto técnico no es secundario, condiciona tanto el proceso como las posibilidades de producción a futuro. De hecho, uno de sus objetivos es poder trabajar en una nave industrial adaptada, que le permita desarrollar su práctica con mayor seguridad y escala.

En paralelo, hay elementos que se repiten en su imaginario. Uno de los más claros es el de las tuberías. Al preguntarle por ello, recupera dibujos de infancia donde ya aparecen estas formas, con masas de color saliendo al exterior. “Supongo que tiene que ver con sacar lo que llevo dentro”, comenta.

Este tipo de asociaciones no aparecen antes de la obra, sino después. El significado no es el punto de partida, sino una consecuencia.Primero hago y luego entiendo”, resume. Esa lógica atraviesa todo su trabajo.

Actualmente, se encuentra en un momento de consolidación del lenguaje, pero también de apertura. Por un lado, continúa investigando con materiales, buscando nuevas resinas y aditivos que le permitan controlar mejor los tiempos de reacción o facilitar el transporte de las piezas. Por otro, empieza a plantear la posibilidad de introducir elementos más cercanos a lo figurativo dentro de su abstracción.

Al plantearle esta posibilidad en relación con el contexto actual, reconoce el interés, pero sin perder su posición. “La abstracción sigue siendo necesaria”, afirma. Más que cambiar de lenguaje, le interesa expandirlo.

En paralelo, su carrera empieza a proyectarse hacia fuera. Está valorando su participación en ferias internacionales en ciudades como Londres, París o Berlín, como siguiente paso natural en su desarrollo.

En su caso, todo parece responder a una lógica bastante clara: trabajar desde el material, desde el proceso, y dejar que el significado llegue después. No tanto construir una imagen, sino generar una experiencia.

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