2023
Una cosa lleva a la otra, pero lo bonito de este juego es no saber cuándo aquello sucederá y a dónde nos conducirá. Uno observa un cordel y constata que tiene un principio y un final, pero, ¿quién nos dice que el comienzo es el extremo que sostenemos con la mano izquierda y no el que descansa en nuestra mano derecha? Algo parecido le sucedió a Manu Muñoz (Cabo de Gata, 1977) con la pintura.
Con trece años se encontraba empuñando un bote de spray. Era para ayudar a unos amigos con un mural, y, de pronto, se vio inmerso en el mundo del grafiti. La idea era seductora: enfrentarse a una escala monumental, 'ocupar' de alguna forma un espacio en el mundo (y no sólo físicamente), formar parte de algo que inevitable iba a poder ser contemplado por todos... Cuando menos te lo esperas, llevas cuatro años sumergido en estos territorios del arte urbano. Y, obviamente, quieras o no, eso influye en la manera en como hoy este creador se enfrenta a la pintura.
Pero quedaba aún por dar un salto, pues, estamos en un momento, mediados, finales de los noventa, en los que el grafiti no era tan bien recibido en galerías y museos. Paradójicamente, con 17 años, cuando tenía prácticamente que decidir a qué se dedicaría en un futuro, Muñoz es invitado a participar en una muestra colectiva con una pintura, que, además consigue vender. El artista admite que se mueve por impulsos cuando trabaja y está visto que estos mismos virajes en su biografía son los que han dado pie a la obra que construye hoy. Manu Muñoz no es que no quisiera ser pintor, sino que de forma inconsciente, casi aleatoria, no tanto de ir asegurando pasos, sino de ir a la pata coja y dando saltos, como el que juega a la rayuela, ha ido conformando su estilo.
“Soy consciente -nos dice el almeriense- que solo podré desarrollar un uno por ciento de aquello que me proponga hacer. Por eso no le tengo miedo al cambio”. En el manual de instrucciones de su pintura se incluye la premisa de pasar a otra cosa cuando ya se le tiene pillado el tranquillo a la técnica, pero, y valga de nuevo que emplee la palabra 'paradoja', encontramos en ella recurrencias, espacios que, de tan personales, permiten reconocerlo a lo largo de su trayectoria.
Uno de ellos sería la escala. Claro que Muñoz sabe sobreponerse a los desafíos que implica un formato pequeño (aunque “los sufre mucho”, admite), pero él se desenvuelve mejor en las grandes escalas, las que aprendió en la calle, en la pintura mural, y que nos llevan a otra de sus reflexiones apabullantes: “En el taller te sientes ciertamente inmortal. Aunque sepas que vas a morir, allí eres quien realmente lo controla absolutamente todo”. No es de extrañar, pues, que la palabra “impulso” sea una de las más referenciadas en su vocabulario.
Las pinturas de Manu Muñoz se pueblan de figuras reconocibles. No en vano, el artista encuentra en Sargent, el pintor realista, una de sus principales fuentes de inspiración. Hay asimismo una mirada obvia a la Naturaleza, a elementos y criaturas distinguibles del reino animal y vegetal, así como cierta inclinación hacia el retrato. Sin embargo, y paradójicamente, podría decirse que el modelo o modelos que protagonizan sus composiciones son secundarios. En realidad, son arquetipos, y, en este sentido, se puede hablar de la suya no tanto como una pintura figurativa sino más bien simbolista; una lanzadera que le permite trabajar la materia, volcarse en la composición, ir a la zaga de nuevas estrategias. La Naturaleza en sí misma es inabarcable y atemporal, por ello es recurrente en su labor, y sus modelos, paradigmas de la guerra, del placer (guerreros medievales, geishas, samurais protagonizan telas como 'Shy Guy', el 'napoleónico dragón de 'How to Scare the Devil' o 'Ultraviolet Dreams'), y, por ello, muy imbricados en el imaginario popular y con unas connotaciones espirituales y fantásticas considerables.
Los motivos son pues, simples, carentes de narrativa, donde lo importante es tanto la composición formal del cuadro como el estudio del color y la técnica empleada. La figuración es solo una excusa, un mapa, una guía desde la que experimentar y perderse como autor con la obra para luego encontrarse. Otra paradoja. De hecho, Muñoz compone en el ordenador, llega al taller con las ideas claras tras una labor de investigación previa. Se podría afirmar que no deja entonces nada a la improvisación, pero lo que realmente logra es ganarle la batalla compositiva al cuadro. Y luego es fácil descubrir en los resultados finales de los lienzos ciertos 'barridos', como de paso de la herramienta de dibujo de trazo grueso por la pantalla con el ratón, que en el cuadro es un trallazo, una pulsión. Son los 'pelos' o 'flecos' de, por ejemplo, 'Asian Dancer'. Un dejarse llevar por los caminos de las emociones. Un impedimento para que el espectador se concentre en la figura y haya de esforzarse en sumergirse en la propuesta.
A eso se suma que si la superficie es la madera, al artista no le duele en prendas introducir la lijadora, lo que redunda en superficies en las que el pigmento pictórico como encarnación es arrancado de la piel del cuadro. Prueba irrefutable de este creador de que la pintura, el proceso, no es nunca lineal, que no va en una única dirección. No se empieza a producir en un punto hasta llegar a otro. Hay avances y retrocesos. Hay batallas que se ganan y otras que se pierden menos.
No solo eso: en el trabajo último del andaluz, lo tridimensional empieza a ocupar, valga la paradoja, un espacio en lo bidimensional. Y el creador emplea vaciados en silicona que da pie a moldes para que la apariencia final no sea la de un objeto exento pegado sobre el cuadro, sino que esta protuberancia sea parte esencial de lo mostrado. Un Bram Bogart, al que menciona, mediterráneo. Ya les dije que la pintura de Muñoz no era de tan rápido consumo como podría dar la sensación en un primer golpe de vista. Lleva su tiempo. Hay que descifrarla como el que desea abrir una caja fuerte de las antiguas y va moviendo con cautela el mecanismo de la misma, a la espera de escuchar el chasquido definitorio.
Y encontrará en este camino un nuevo aliado, un recurso también capital en su obra, como es el color. De hecho, el color es lo primero que trabaja en esa labor previa que se realiza antes de llegar al estudio. Les pongo un ejemplo: la monumental 'Buceador', con un mar rosa en el que se sumerge un nadador de tonos azules. Es José Manuel Broto el que repetía que él tendía a pintar con colores 'que quedaran mal'. Muñoz no es que haga eso, pero emplea tonos que una vez más nos 'molestan', nos punzan la mirada. Nos fuerzan a sacar conclusiones o buscar explicaciones. El rosa, al que antes me referí, será marca de la casa, precisamente por todas las arbitrarias connotaciones que le rodean. Es darle brío a un nuevo impulso.
Realiza Manu Muñoz toda su obra en un lugar casi paradisíaco, su taller en Cabo de Gata. Pero, paradójicamente, afirma, el contexto no influye mucho. Es difícil creerlo. Trescientos metros cuadrados cómodos, humildes, de luz envidiable y arena que, los días de viento, se cuela por las rendijas y le recuerdan dónde se halla. Es fácil suponer que se refiere a que no influye a efectos inspiracionales, pero sí en sus ritmos. También, paradójicamente, fue lejos de allí, en Londres, que el andaluz comenzó a fijarse en la Naturaleza y a darle paso en sus composiciones.
Nadie como él, justo por sus orígenes, para protagonizar esta exposición en la Casa de los Leones con la que se da una segunda vida a una institución cultural en una región que, paradójicamente, y pese a lo vinculada que ha estado siempre a la plástica (recordemos que en Almería descansa la sede del Centro Andaluz de la Fotografía) adolece hoy de atención en este sentido. La pintura de este ya no joven artista, asentado en su madurez creativa, la transformará por unos días en caja de resonancia, cámara de las maravillas por la que pululen enigmáticos personajes, exóticos ejemplares e imposibles y sugestivos escenarios. Dejénse llevar, pero estén atentos a las consecuencias. La pintura de este creador se escuchan desde el color y se observan desde el interior, y hacen alusión, como me recuerda, a lo importante de la vida: aquello, que como un beso, enseguida se borra. Paradójicamente.

