La obra remite a La lamentación sobre Cristo muerto de Paolo Veronese, destacada por la elegancia compositiva con la que el artista veneciano equilibra el dramatismo de la escena con una serenidad casi escénica. Frente a la intensidad más desgarrada de otros maestros, Veronese construye un dolor contenido, donde la disposición de las figuras y la riqueza cromática suavizan la tragedia.
Bajo la luz crepuscular que tiñe de ceniza el Gólgota, el arte ha esculpido en palabras y pigmentos el silencio más profundo de la historia. La lamentación sobre el cuerpo de Cristo no es solo un duelo; es el teatro de los sentimientos, donde la divinidad se hace carne herida y la humanidad, puro llanto.
El llanto sobre el verbo inerte. En la lamentación de Giotto la naturaleza se quiebra: ángeles que se retuercen en un vuelo caótico y un árbol seco que simboliza la desolación universal.
María sostiene la cabeza de su hijo, buscando en su rostro pálido el eco de una vida que se ha extinguido, mientras María Magdalena se aferra a los pies llagados, fundiendo su dolor con la frialdad de la piedra. Es la Imago Pietatis, el momento en que la adoración se convierte en una caricia fúnebre.
La deposición o el peso de la salvación El descenso es un acto de gravedad física y espiritual. José de Arimatea y Nicodemo sostienen el cuerpo, sintiendo el peso muerto del Redentor, una escena que artistas como Rafael o Mantenga retrataron con una crudeza que obliga al espectador a confrontar la mortalidad. La deposición en el sepulcro marca el tránsito hacia el olvido aparente, el instante en que el sol de la fe se oculta tras la losa de la unción.
El santo entierro: el umbral de la luz. Finalmente el santo entierro es la quietud absoluta. El cuerpo envuelto en una sábana limpia, es depositado en un sepulcro excavado en la roca. Teológicamente, esta tumba no es un final, sino el puente de unión entre el crucificado y el resucitado; un espacio que aunque huele a muerte ya gesta en su silencio la victoria de la vida.
El peso de la Pintura. El título hace referencia a una frase de Vincent Van Gogh: “Prefiero morir de
pasión que vivir de aburrimiento”. Esta pasión por la pintura, que lleva hasta el umbral de la desdicha pero con una intensidad vital absoluta. A través de la iconografía occidental desde el Gótico hasta la pintura contemporánea, diversidad de artistas han tratado el tema de la lamentación sobre el cuerpo de Cristo, la deposición en el sepulcro y el santo entierro. No hay mucha palabra en los evangelios, pero sí una gran cantidad de obras a lo largo de los siglos. Es en esta unión entre iconografía y cartografía donde se desarrolla la serie, mezclando la imagen con el mapa de la ciudad natal del pintor al que se refiere. Un paso más en el proceso de investigación de los paisajes cenitales. Llego así a un equilibrio entre cartografía e imagen.
Ikella es un artista plástico que destaca por su versatilidad e innovación. Con más de 30 años de trayectoria, ha logrado desarrollar una solución formal única al mismo tiempo que innovadora, fusionando magistralmente las retículas cartográficas con los códigos que hereda de los grandes maestros de la pintura para lograr al mismo tiempo obras diferentes entre sí en lo formal pero reconocibles como obras de Ikella Alonso todas ellas.