2024
Zizek ha señalado que entre los antagonismos que caracterizan nuestra época, tal vez le corresponda un sitio clave al antagonismo entre la abstracción, que es cada vez más determinante en nuestras vidas, y la inundación de imágenes pseudoconcretas. Si podemos entender la abstracción como el progresivo autodescubrimiento de las bases materiales del arte, en un proceso de singular despictorialización, también tendríamos que comprender que en ese proceso se encuentra en núcleo duro de lo moderno. Hay, no cabe duda, una fractura considerable entre el modernismo épico (ejemplificado en el caso de la pintura por el expresionismo abstracto americano) y el gestualismo existencial nihilista (en el que podrían situarse algunos momentos del informalismo europeo) y las nuevas formas de la abstracción surgidas tras la desmaterialización conceptual, la datidad fenomenológica del mínimal y, por supuesto, la crisis de los Grandes Relatos acontecida en el seno de la condición postmoderna.
Ya no podemos “legitimar” la práctica de la pintura desde el drip de Pollock como una manifestación de la energía que debe ser controlada. Detrás del cuadro no hay nada más y, por supuesto, no hay un modelo de la visión que sea algo así como la Naturaleza. Tenemos que tener en cuenta la situación (afortunadamente) precaria de la pintura. De nada sirve hacer como si nada hubiera pasado. Sabemos que una de las mutaciones decisivas de la práctica contemporánea de la pintura ha sido la ofensiva contra el canon modernista, sostenido titánicamente por Clement Greenberg, de la pureza y autonomía. La abstracción ha sido redefinida, como la que lúcida y apasionadamente desarrolla Alicia Martín López, lejos, por supuesto, de los planteamientos líricos, del ornamentalismo autocomplaciente o de un manierismo neo-geométrico.
Alicia Martín López entiende su pintura como una investigación procesual en la que trabaja sin bocetos previos, lanzándose, en sus propias palabras, a la incertidumbre, literalmente, “al vacío”. Lo que le interesa es trabajar desde el material. Comentando las obras que realiza sobre poliéster apunta que ese “soporte” permite una gran versatilidad y también, sometido incluso a “maltrato”, puede conseguir una gran riqueza de matices. En sus procedimientos es fundamental actuar rápido, teniendo en cuenta los tiempos de secado de la materia pictórica. Para esta creadora, “es como si la pintura estuviera viva” y, efectivamente, lo que contemplamos da la impresión de ser orgánico.
Ciertamente, Alicia Martín López no intenta, en ningún sentido, imitar la naturaleza y su estética se aparta del realismo académico. Insiste en buscar que la pintura se comporte como un organismo, dejando hacer a la materia, pero también interviniendo y “re-plegando” en el proceso. Si los materiales parecen funciona de manera autónoma no podemos perder de vista que esta pintora controla y modula el acontecimiento.
El resulta final es una imagen muy limpia que pareciera “cibernético-digital” cuando es completamente analógica. Las formas, dotadas de una extraña sensualidad, parecen ser cosas “en estado naciente”, elementos germinales de una phisis dis-tópica. Alicia Martín López remarca que en sus obras apenas hay “rastro humano”, como si estuviéramos asistiendo a visiones anticipatorias de un mundo sin nosotros.
No le interesa, en ningún sentido, la mancha por la mancha, ni sintoniza con el gestualismo expresionista. Sus imágenes que tienen algo de “pétreas” o, incluso, recuerdan al dominio de la botánica, son, al mismo tiempo, planas y tridimensionales, pintadas, pero con la apariencia de lo “escultórico”. En esa fascinante ambivalencia estética, lo que tiene apariencia de solidez también transmite la sensación de levedad. Acaso lo que sedimenta Alicia Martín López sean nubes, limbos, materialidades inframince.
Una de las series de esta artista se titula Ánima Mundi (2022), una noción que no tiene tanto una connotación jungiana cuanto se refiere a la “masa madre” de la que parten todas las cosas. En una época de desquiciada (pseudo)conectividad, Alicia Martín López despliega en su intensa modulación procesual-pictórica una conexión entre cosas, unos juegos de analogías en la que todo puede ser lo mismo y, paradójicamente, no dejar de diferenciarse. Disfruta con la evolución y mutación de las formas, observa admirativamente la vida de la materia. Podría conectarse estos imponentes procesos plásticos con la meditación sobre la “materia vibrante” de Jane Bennet, con esos desarrollos de la ontología que van más allá de la metafísica del sujeto y la presencia.
Una obra de arte no puede ser meramente un espacio vacío, sino que está siempre lleno de ruido, especialmente cuando aspira a conseguir una singular exactitud. Para Italo Calvino, la exactitud quiere decir sobre todo tres cosas: un diseño de la obra bien definido y calculado, la evocación de imágenes nítidas, incisivas y memorables y el lenguaje más preciso posible como léxico y en tanto que forma de expresión de los matices del pensamiento y la imaginación. Podemos pensar que la exactitud se relaciona, aunque parezca paradójico, con la indeterminación, pero también con esa convicción, mística, de que “el buen dios está en los detalles”.
Comprender la exactitud acaso obligara a hablar del infinito y del cosmos, derivando hasta el delirio flaubertiano. Calvino indica que la exactitud es un juego de orden y desorden, una cristalización que puede estar determinada por lo que Piaget llama orden del ruido: “el universo –escribe Italo Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio- se deshace en una nube de calor, se precipita irremediablemente en un torbellino de entropía, pero en el interior de ese proceso irreversible pueden darse zonas de orden, porciones de lo existente que tienden hacia una forma, puntos privilegiados desde los cuales parece percibirse un plan, una perspectiva”. En buena medida, la exactitud, como la maravillosa determinación de lo Supernatural (2024) en la pintura de Alicia Martín López, sitúa la profundidad en la superficie, hace visible la estructura, convierte la piel de la obra en un espejo enfrentado consigo mismo.
Recordemos que en el año 1975 Benoît Mandelbrot acuñó el término fractal (del latín fractus, que describe una piedra rota en trozos irregulares) para designar geometrías de lo no regular, en las que todas las partes del objeto, por pequeñas que sean, tienen la misma estructura que el conjunto (entre las plantas, un ejemplo claro es la coliflor, en anatomía, el pulmón). Acaso el fractal vuelve a plantear matemáticamente la noción de infinito; aquel modelo post-euclidiano permitía el análisis de lo coriáceo, lo enmarañado, extraño, fino, granulado, rizado, tortuoso, sinuoso, ramificado, nociones que lanzan guiños de complicidad a los cuadros Alicia Martín López que confía más en los plegamientos (post-barrocos o deleuzianos) que en el dogma del poema del ángulo rector de la modernidad arquitectónica o en la datidad (ideal o solipsista) de la retícula.
La pintura contemporánea (fractalizada o expandida) cae al precipicio de una “falta de legitimación moderna” y tiene que intentar, a pesar de la saturación icónica, sobrevivir. Se trata de pensar cómo se sigue pintando cuando pasamos tanto tiempo navegando en el espacio virtual, esto es, cuando la ventana perspectiva de la pintura tradicional es sustituida por la “catarata” de ventanas abiertas en la pantalla del ordenador. En lo cibernético presenciamos un regreso a pensée sauvage, al pensamiento concreto y sensual. Acaso el tomar las cosas en su valor de interfaz que involucra una actitud fenomenológica de confianza en los fenómenos.
El cuadro, con su drástica enunciación, es una laminilla esa mítica sustancia vital, presubjetiva y no-muerta (la libido como un órgano) de la que habla Lacan en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. La tectónica de la pintura de Alicia Martín López pone, magistralmente, en juego lo fluido y las dinámicas de secado, las petrificaciones y la transitoriedad de las nubes, activando los procesos perceptivos, contemplando-y-modificando el acontecimiento material a la manera del movimiento browniano.
Encuentro en la abstracción redefinida por Alicia Martín López, una asunción lúcida y lúdica del sujeto dividido, esto es, la evidencia que la “unificación del yo” está en falta. En términos más topológicos: la división del sujeto no es la división entre un yo y otro, entre dos contenidos, sino la división entre algo y nada, entre la característica de la identificación y el vacío. “Descentramiento designa así primero la ambigüedad, a oscilación entre identificación simbólica e imaginaria –la indecisión con respecto a dónde está mi verdadera clave, en mi yo “real” o en mi máscara externa, con las posibles implicaciones de que mi máscara simbólica pueda ser “más real” que lo que oculta, que el “rostro verdadero” tras ella”.
Esto no supone, de ningún modo, que la obra de esta creadora lleve al “desgarramiento”, al contrario, nos sitúa más allá de lo binario, entendiendo el proceso artístico como intra-acción. Acaso pueda vincularse la riqueza germinativa de las obras de Alicia Martín López con lo que Karen Barad llama “materiación” (un proceso de diferenciarse intractivo del mundo, siempre en curso), tornando visible una estética de la queerización. Lo raro o extraño son, en estas obras post-surreales, cosas cotidianas, en una deriva de lo siniestro que nos fascina con sus plegamientos y arabescos, imponiendo sutilmente su ornamentalidad nada “delictiva”, dejando la sensación de una ligereza que convierte lo abstracto en prodigiosamente concreto.

