Paisajes planeados

Miguel Cereceda

Ikella Alonso es un artista formado en la cercanía y el contacto con uno de los grandes pintores españoles contemporáneos: Manolo Quejido. Sus primeras exposiciones individuales, en 1993, 1994 y 1995, se llevaron a cabo en El Almazén de la Nave. La nave era el espacio industrial en el que Quejido tenía su estudio y que compartía con numerosos artistas. Por su parte el “Almazén”era el último reducto de la Nave, que entre todos alquilaron y utilizaron como sala de exposiciones, y en el que además se organizaban encuentros, cursos y conferencias, durante los años noventa. Allí estuvieron Ángel González García, Juan Manuel Bonet, José Luis Brea y Fernando Carbonell, y otros muchos críticos y profesores universitarios, impartiendo conferencias y participando activamente en los debates. Allí también adquirió Ikella Alonso una importante formación crítica y artística

Pero Ikella es una artista que se encuentra ahora en plena madurez creativa. Después de su extraordinaria exposición individual, titulada “El vuelo de Ícaro”, en la sala O’Lumen de Madrid, en la que se establecía un interesante diálogo con la mejor tradición de la pintura, podemos considerarlo ya como uno de los valores consolidados de la nueva pintura española contemporánea. Y para ello Ikella Alonso, lejos de genialidades vanguardistas o de ocurrencias oportunistas, no ha encontrado mejor herramienta que profundizar precisamente en ese diálogo franco y abierto con la mejor tradición de la pintura. «Si algo es inherente a la pintura —afirma el artista en una declaración en su curriculum—, se trata del tiempo como particularidad. Tengo especial interés por el paso del tiempo en la pintura, la duración del proceso pictórico, la fase física y la permanencia y vigencia de la obra, en el futuro». Con ello reafirma no solo la tradición, sino también su voluntad de permanencia como artista.

Y la primera tradición que reivindica es, sin lugar a dudas, la de su maestro y amigo Manolo Quejido. Hacia finales de los años ochenta y primeros noventa realizó Quejido una interesante serie de cuadros titulada “Pensamientos”, en la que, bajo la advocación de la flor llamada también pensamiento, le consagraba una meditación a cada uno de los grandes pintores de la historia de la pintura, pintando esquemáticamente dicha flor con los trazos y los colores característicos de cada uno de aquellos pintores. De este modo, el pensamiento (la flor) trataba de pensar igualmente la pintura, siguiendo un lema reiteradamente invocado por Quejido, según el cual “pintar es igual a pensar”(Pintar = Pensar).

Para esta nueva exposición —presentada curiosamente de nuevo en el contexto de una nave industrial—, Ikella Alonso parece haber seguido un procedimiento semejante, dedicándole un cuadro a cada uno de los grandes maestros de la historia de la pintura, pero prestándole sin embargo una atención especial a la idea del paisaje.

Tengo la absoluta convicción de que el paisaje es una invención de la pintura. Los antiguos no conocían el paisaje ni tenían modo alguno de contemplarlo. No solo no hay pintura de paisaje en los frescos o en la cerámica antigua que nos ha llegado, sino que tampoco en la literatura se encuentra esa posible contemplación. Ni Odiseo ni Eneas ni los argonautas, a pesar de que recorren todo el mundo conocido, son capaces de reparar en modo alguno en las bellezas de los entornos naturales por los que viajan. La naturaleza no es para ellos algo que admirar ni contemplar, sino algo ante lo que hay que mantenerse alerta y vigilante, pues está llena de peligros y amenazas. Tampoco en la Edad Media hay experiencia alguna de paisaje. Cuando Petrarca sube a lo alto del Mont Ventoux en la Provenza, lo que contempla desde arriba es, por un lado, la poesía clásica latina y, por el otro, la nueva poesía provenzal. El libro de San Agustín que lleva consigo en su proceso ascensional le dice claramente: «No salgas fuera de ti. Permanece en tu interior, pues en el interior del hombre habita la verdad».

Para que apareciera en la pintura la representación del paisaje fueron necesarias dos cosas: primero, la Reforma protestante y la prohibición de las imágenes religiosas en las iglesias y, en segundo lugar, el orgullo por la conquista del territorio. No es de extrañar que fuese precisamente en Holanda donde más se desarrolló, a partir del s. XVI, la pintura de paisaje. La prohibición de las imágenes en las iglesias obligó a los pintores a orientarse hacia otros temas. El bodegón, el retrato y la pintura corporativa se introdujeron como temas recurrentes. Pero, en la representación del paisaje sobre todo, los holandeses celebraban, por un lado, la manifestación de Dios sobre la tierra pero, por otro, el orgullo y el heroísmo de las tierras conquistadas al mar. Por eso especialmente los paisajes holandeses del XVI y del XVII están llenos de presas, canales y molinos.

Pero también es cierto que esta representación gráfica de la naturaleza es doble. Pues, por un lado, está la representación del espacio, bajo la forma que conocemos como mapas o como planos y, por el otro, la representación de lo que todavía en el s. XIX se llamaban “países”. Mientras que el plano trataba de representar esquemáticamente el territorio, desde una perspectiva aérea, las vistas, países o vedute ambicionaban una representación naturalista, desde el punto de vista del espectador. Lo primero dio origen a la cartografía y lo segundo al paisaje.

En esta exposición Ikella Alonso ha tratado de conciliar ambos modos de representación. En una especie de doble homenaje conceptual a la pintura, presenta, por un lado, paisajes. Pero estos paisajes adoptan el punto de vista cenital, característico de la cartografía. De hecho, sus cuadros, tienen más bien la apariencia de planos o de mapas. Por eso Ikella titula su exposición “Paisajes planeados”. Pero en segundo lugar, el artista dedica cada uno de estos panoramas o vistas cenitales a algunos de los grandes pintores a los que admira, tratando de pintar en ellos el paisaje del lugar en que nacieron. Sirviéndose de imágenes satélite del entorno de estas ciudades y pueblos, genera un mapa que a su vez empieza a pintar y colorear con la paleta y los colores característicos del artista allí rememorado. Así se conmemora la pintura de Picasso con un cuadro que se titula “Málaga”o la pintura de Courbet, con otro titulado “Ornans”. En esta relación con la pintura no era por tanto de extrañar que dos ciudades holandesas ocupasen un sitio preferente. Así se le dedican cuatro lienzos a Amersfort, la localidad natal de Piet Mondrian, y hasta quince lienzos diferentes, titulados Rotterdam, al gran Willem De Kooning.

Hasta tal punto es el paisaje tema e invención de la pintura, que la pintura misma transformó radicalmente su concepto, a través de su obsesión por el paisaje. De hecho, tanto Klee como Kandinsky, llegaron a la abstracción a través de la esquematización de los paisajes. El propio Picasso llegó a configurar su idea del cubismo, evocando la pintura de Cézanne, a través de los paisajes de Horta de Ebro. Y lo mismo sucedió con Mondrian, también él llego a la abstracción geométrica pasando primero por el paisaje.

En este planteamiento, sin embargo, hay dos cuadros, al final de la exposición, en los que el paisaje ya no parece abrirse, bajo la forma del plano, sino más bien con la apariencia de una ventana que se abriese en el interior de una habitación con vistas al mar. Se trata de los dos homenajes dirigidos por Ikella Alonso a Henry Matisse, rememorando algunos de sus cuadros pintados en Niza entre 1916 y 1930. A pesar de que en ellos la trama fundamental del cuadro está trazada a partir del plano satelital de Le Cateau-Cambrésis, localidad natal de Matisse, en ellos sin embargo la representación adquiere más bien la apariencia de reflejos en un espejo roto. Se trata en realidad del paso de representar lo que en planimetría se denomina “planta”, a representar lo que los arquitectos denominan el alzado. Se trata por tanto simplemente de volver a poner en pie la pintura.